Lo tocas y notas que la herida no está cicatrizada del todo, su apariencia empeora en la noche, a veces parece aumentar de tamaño y cada día es más difícil de tapar.
Duele, escuece, no quieres hacer nada porque el dolor te alivia, al menos hay algo que te hace echarlo, expulsarlo y no dejártelo dentro. Al igual que ríes cuando estás feliz debes gritar cuando no puedes más, por desgracia muchas veces esos gritos no se hacen sonoros.
Cierras los ojos y crees que despareces, te haces invisible, nadie te puede ver y sonríes como un loco, nadie te juzga y eres como quieres, sin miedo, eres libre. Te pones serio, tanta libertad te asusta, necesitas que tu mamá te diga que ese camino es el equivocado y te coja de la mano como cuando eras pequeño. Pero ella no está, ya no, no existes para ella, eres sólo tú en un mundo que no le pertenece a nadie...
¿Tanto deseabas la soledad? ¿Seguro?
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