Gritos. Gritos. Pero ninguno suena.
Cada llanto ahogado en una copa perdida en alguna barra de algún bar.
Siempre quise pensar que los cuentos de hadas y los finales felices no eran sólo ficción. Que la suerte podía golpear tu vida y hacerte, de repente, tan feliz que ni tú mismo te lo pudieses creer.
Lo que nunca me dijeron es que el estar en paz es estar muerto. Vivo o no. No sientes, no lloras, no ríes, no existe ningún sentimiento, no hay mentira ni verdad... No hay absolutamente nada.
A veces quiero entristecerme, sentir ira, frustración, dolor; pensando en que quizás así despertase la alegría, las ganas de algo, la inquietud de lo aún desconocido. No hay manera, no hay forma.
La muerte es irreversible. La idea de dejar de existir. De convertirte en una marioneta de tus acciones que no llevan a ninguna parte; sólo a un mañana lleno de sombras vacías, sin dolor, sin alegría. Nada.
Quizás el vacío sea la necesidad de sentir dolor. O eso creía, hasta que me di cuenta que el vacío es el caos tan absoluto que nada te importa. Lloras y ríes sin un porqué. Pero lo haces, no sabes el motivo ni lo que te lleva a comportarte de forma tan exagerada. Te dejas llevar. Te sientes ridículo. Pero qué más dará lo que piense si no te sientes.
Eres una bolsa de basura perdida en mitad de un gran océano.
