domingo, 4 de agosto de 2013

Perdida en cada segundo.

El tiempo no me pertenece. Vivo y convivo con él. Si no se detiene significa que sigo viva, que sigo aquí. Todavía nada ha terminado, todo continúa aunque yo quiera pararme en el ahora y dejarlo para siempre.

El tiempo es algo increíble, dura siempre, no hay fin para él excepto él mismo. El único que puede terminar con su existencia es él, nada ni nadie lo puede detener.
De pequeña creía que el tiempo era Dios porque está en todas partes, siempre la misma magnitud, es universal y nadie lo puede hacer cambiar. Estaba ahí desde el inicio de todo, aunque nadie lo pudiese contar. Está en todos los libros de la historia, siempre está presente en nuestra vida.

Pensamos que Dios es alguien que nos ayuda, pero... ¿Y si Dios es el tiempo que vivimos? Él nos da la vida y nos la quita. Se empieza a contar desde el primer segundo cuando estás en esta vida. Se sabe, gracias a él, el día que has sido concebido. 
El tiempo transcurre en nuestra vida y si hay tiempo habrá oportunidades cada día que vivas. 

No puedes detener el tiempo, es imparable. Sólo lo puedes contar por lo que ya ha transcurrido pero no lo que te queda por contar. La vida es sorpresiva y puede que al minuto siguiente ya no puedas contar el tiempo y te quedes en la nada, o puede ser que te encuentres con todo el tiempo que has desaprovechado en tu vida, es decir, con Dios.

Convivimos con él cada día. Está ahí siempre. Hay veces que el tiempo puede pasar muy rápido o muy lento pero siempre transcurre de la misma manera para todos. No hace distinción de nadie. El tiempo nos castiga o premia a todos. 

Puede que no esté en lo cierto al escribir todo esto. Pero es una opinión que me ha resurgido de cuando era pequeña, nada más. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario